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Channel: OPINIÓN
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Gabriel Cruz

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A tan corta edad, Gabriel fue desgraciadamente atrapado por la dura realidad circundante de la que no pudo escapar con vida. Atrapado por la hostilidad de un paisaje inhóspito, horadado de pozos, minas, aljibes, donde apenas crecen árboles a los que poder trepar, sólo matorral y monte bajo. Atrapado en la realidad de unos padres separados con los que tenía que compartir su tiempo y espacio una vez por semana. Atrapado por su propia suspicacia respecto de las malvadas intenciones de su supuesta asesina, la nueva pareja de su padre y de la que Gabriel no quería saber nada porque su infantil aunque certera intuición le estaba señalando el inminente peligro que corría desde que aquella mujer dominicana entrara de lleno en la vida de su propio padre.

¿Qué clase de inconvenientes insalvables encontraría su madrastra en la persona del niño Gabriel para justificarse a sí misma y llegar hasta el extremo de hacerlo desaparecer para siempre de su entorno familiar, en favor de sus propios intereses?

La inocencia no siempre conmueve al asesino y así debió ocurrir en este lamentable caso. Una mujer probablemente tan ambiciosa como para proporcionar en su día una más que difusa coartada que le permitiera salir indemne de culpa por la muerte acaecida hace ya unos veinte años de su hija mayor de cuatro años, al precipitarse inexplicablemente desde un séptimo piso al patio interior del edificio donde vivía. Dijéramos que una madre sospechosa aunque con experiencia más que probada en la comisión de este tipo de delitos.

Al igual que le ocurriera al propio Gabriel, también la asesina se ha visto igualmente atrapada por el mismo paisaje, por la misma presión ambiental y mediática pero, sobre todo, por su desmedida ambición de la que por el momento aún sabemos muy poco pero cuyo enorme peso pudo muy bien precipitar los acontecimientos que darían lugar a su detención poco después de tratar de cambiar de sitio el cuerpo ya sin vida del pequeño Gabriel.

La muerte de Gabriel se me antoja totalmente gratuita, sin sentido. Se trata de la muerte de un inocente, incapaz de hacer daño a nadie como no fuera el derecho de un menor a temer por las ambiguas intenciones, que para su conocimiento, intuía en el proceder de su supuesta asesina y de las que, desgraciadamente, no pudo librarse pese a jugar con la ventaja que le suponía su especial infantil suspicacia.

Ha sido tan fácil y tan dramático como matar a un pez en su pecera o a un ruiseñor en su jaula.


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